sábado, 5 de septiembre de 2009

# 231

El Corazón de Oro prosiguió su viaje silencioso por la noche espacial, ahora con una energía convencional de fotones. Sus cuatro tripulantes se sentían incómodos sabiendo que no estaban reunidos por su propia voluntad ni por una simple coincidencia, sino por una curiosa perversión de la física, como si las relaciones entre la gente estuvieran sujetas a las mismas leyes que regían la relación entre atómos y moléculas.

Cuando cayó la noche artificial de la nave, se sintieron contentos de retirarse a sus cabinas para tratar de ordenar sus ideas.

Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams.


No hay comentarios: