martes, 9 de marzo de 2010

# 251

La mayoría de los ateos con los que tropiezo tienen la misma preocupación: evitar reflexionar. Es un trabajo a tiempo completo huir de las preguntas molestas (¿Soy feliz, soy una mierda, estoy enamorado? ¿Soy un muerte viviente abandonado en una tierra árida? ¿Tengo una razón para vivir y pagar tantos impuestos? ¿Qué hay que hacer para seguir siendo viril en un mundo matriarcal? ¿Por quién vamos a sustituir a Dios esta vez: una webcam, un martinete o un perro faldero?). Para amueblar su soledad y engañar al silencio, los descreídos compran coches a crédito o descargan canciones, soplan alcohol desde la comida, toman excitantes por la mañana y somníferos por la noche (a veces a la inversa), hacen desfilar nombres en el móvil, dicen "te quiero" sucesivamente en varios buzones, se abonan a todas las cadenas por cable para adultos, llenan su agenda de citas que anulan en el último minuto por temor a no ser capaces de hablar en público sin deshacerse en lágrimas, van por la calle leyendo sms sin mirar a su alrededor (y así se encuentra la mierda de labrador en la suela del zapato derecho), se masturban leyendo Playboy o In Style, lanzan un grito de alegría cuando el capitán del equipo de fútbol asesta un cabezazo a un jugador del equipo contrario, atraviesan centros comerciales subterráneos que parecen parques temáticos pasando por encima de los mendigos tendidos en el suelo, se pelean por tener la consola de juegos antes que el vecino, llaman al alba a SOS Médicos para oír una voz humana, (...). La industria del hedonismo prevé una cantidad aterradora de distracciones para ocuparse de nuestro ánimo.


Socorro, perdón, Frédéric Beigbeder.

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