miércoles, 29 de agosto de 2012

#303

Las fotografías, como la memoria, recortan. Encuadran. Seleccionan. Se comportan, de algún modo, como los testimonios. Y, como los testimonios, no sólo indican lo que ha sido visto en un instante. Hablan, para quien quiera escucharlas o leerlas, del testigo y del fotógrafo. Estas fotografías entonces no sólo se inmiscuyen en lo que exhiben. Son narraciones, a su manera. Diálogos, tratos y auto retratos con los mundos en los que la mirada y la sensibilidad se detuvieron. Fragmentos obsequiados para construir nuestra memoria íntima o colectiva. Forman un caleidoscopio que nos devuelve a contraluz imágenes que mutan a cada giro de nuestras manos y nuestras miradas. Son un secreto idioma de la infancia. El tiempo (no sólo la nostalgia) las enriquece. Evocan rostros ahora invisibles que nos miran para siempre. Ciudades que ya no son y siguen siendo. Son poesía y documento. Metáfora e informe.

"Memoria de la tierra de uno"(por Ernesto Domenech, adaptado) visto en el flickr de Rodrigo Piedra

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